Presentación del libro "Poemas de Chile", de Ediciones Biblioteca Nacional


La fundación de Chile como patria, imaginario y territorio está supeditada a una hazaña que no fue bélica sino más bien poética. Única nación moderna fundada sobre una épica, es Alonso de Ercilla y su Araucana piedra angular para una patria forjada sobre la improbabilidad y la porfía por asirse de lo inasible y pensar la vastedad de América en términos humanos, suponiendo que los huesos son algo más que materia o ceniza, o que patria es la palabra que nos queda cuando no se puede designar lo que es la vida o lo que es el amor.

Chile es un mito, dijo el cineasta Patricio Guzmán hace un par de días en el Festival de Cine de Berlín. Un país donde la injusticia, la impunidad y la inmoralidad social y económica muestran su más violenta efigie. Y si Chile es un mito, una especie de Atlántida tercermundista que se hunde lentamente bajo el mar, su poesía ostenta idéntica condición, alimentando el folclor popular que afirma “Chile: país de poetas”, haciendo de aquello un símbolo más de identidad y pertenencia. Y acaso sean los poetas de ese Chile imaginario los arqueólogos más lúcidos de su fantasiosa y casi onírica historiografía, que vista desde adentro no es más que una fugaz alquimia repleta hasta el hartazgo de contradicciones y heridas que en lugar de cicatrizar sólo han sido maquilladas con promesas de progreso, unidad y justicia. En ello pues, reside el apremio por conocer y leer a nuestros poetas, por hacer de sus voces nuestra propia voz –la de nuestra tibu, en términos parreanos-, por arrimarnos a los sinos de nuestra condición humana a través del reconocimiento lúcido de nuestros más implacables fantasmas. Es ese y no otro el afán de una antología como la que hoy comparte con nosotros Ediciones Biblioteca Nacional, en uno de los rincones más remotos y postergados de nuestra imposible cartografía, tejiendo, al menos por un insignificante eón de tiempo, un vaso comunicante entre la chilena poesía de los últimos lustros con el vacío lleno de todo que es Magallanes, esta patria agreste donde el viento “se levantará un día y no parará”, y que también es –y de un modo mucho más cercano a la perfección- poesía.



Poemas de Chile” viene a corroborar que si acaso hay algo que hoy aún se mantenga al margen de la vorágine deshumanizadora de la que somos presa fácil, y que todo lo mercantiliza, trivializándolo y despojándolo de su real valor, es la poesía, uno de los últimos bastiones de resistencia y libertad. Son 85 poetas chilenos vivos los seleccionados, en un trabajo que se instala con rotundidad en una larga tradición de textos antológicos publicados en nuestro país desde al menos una centuria, perfilándose con total seguridad como uno de los más significativos intentos recientes por democratizar y universalizar el acceso a la poesía, a través de una selección generosa y pluralista de autores de muy disímiles estilos, rangos etarios y particularidades discursivas y lingüísticas, más un hermoso trabajo editorial cuyo principal objetivo es la diseminación gratuita de ejemplares en establecimientos educacionales, centros comunitarios y bibliotecas. Bajo idéntica premisa, encuentros como este constituyen instancias tremendamente significativas para el acercamiento del quehacer literario en regiones, abogando así por subsanar políticas –públicas y privadas- que históricamente han pecado de centralismo aún en sus más nobles iniciativas culturales.

Como si de un puzle se tratase, las piezas que conforman Poemas de Chile se necesitan y conectan con urgente ansiedad, adquiriendo en su conjunto una coherencia que no puede sino causarnos extrañeza en el mejor sentido de la palabra. Voces consagradas de poéticas tremendas e inabarcables, como Nicanor Parra, Oscar Hahn, Raúl Zurita o Armando Uribe Arce, se asoman como inmensos tótems de madera o piedra de los cuales es imposible desentenderse, pero sus raíces –humectadas y crecientes- se acarician con autores de la nueva camada, como Enrique Winter o Juan Carreño, sin confrontarse pese a la discrepancia de sus tonos y el salto cronológico que les separa, sino más bien sugiriendo señas de continuidad que atestiguan un recorrido en espiral que constantemente vuelve –conscientemente o no- a la tradición de la gran poesía chilena, que acaso alcanzara en Mistral y Neruda sus dos cumbres más altas, pero junto a ellas nombres de talla descomunal, entre otros, Vicente Huidobro, Pablo De Rokha, Humberto Díaz-Casanueva, Eduardo Anguita, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Juan Luis Martínez o Gonzalo Millán. 

Hay un arraigo y una genealogía en Poemas de Chile; una unidad que se advierte al hermanar la poesía femenina –si es que aún es sensato hablar en términos de género- de poetas como Rosabetty Muñoz, Teresa Calderón y Elvira Hernández con la poesía mapuche de Elicura Chihuailaf o Jaime Huenún. O las formas clásicas de Rafael Rubio con el bello escepticismo de Leonardo Sanhueza, o el larismo de Omar Lara con los ya no tan “novísimos”, Héctor Hernández Montecinos, Paula Ilabaca o Gladys González, que a principios del Siglo XXI propusieran derrumbar la muralla imaginaria que separa vida de obra hasta hacer del poema carne. Todo conecta con todo y todo forma parte del todo. Auscultando hasta la nausea lo que se oculta en sus páginas, no es difícil identificar tópicos en común, partículas de un mismo Chile desperdigadas en grandes ciudades de hormigón o fronterizos y ripiosos pueblos, que pese al prisma coloreado a su antojo por cada autor, sigue allí, visible para quien quiera ver, latiendo lo que Carlos Pezoa Véliz bautizó hace más de cien años como “el alma de Chile”.

Poemas de Chile es un compendio de registros, épocas y lenguajes, una amalgama temática y emotiva que no hace más que bosquejar -al menos hasta donde puede hacer una selección que debe entenderse como dinámica, parcial e inconclusa- la multiplicidad de chiles que hay en Chile y la contundencia de los discursos poéticos que hoy le re-construyen en una nueva, cotidiana y subterránea épica que es preciso visibilizar hasta lograr nuevos e incendiarios fulgores.

En medio de esa vorágine brilla con especial colorido el poeta magallánico Christian Formoso, el único autor austral convocado en Poemas de Chile, y cuya ausencia presencial hoy ha permitido que esté yo aquí, como una especie de embajador de algo que todavía no alcanzo a vislumbrar con total claridad. Y es que la obra de Formoso ha sabido instalar parte de la tradición lírica magallánica -que es reciente y está aún en estado embrionario- en la gran tradición de la poesía nacional, completando así un mapa que siempre había estado castrado, omitiendo en su medula los imaginarios de un territorio que es poético por antonomasia, fundado en la superstición  y la grandilocuencia de su habitante y su paisaje. Allí Formoso, cual vidente o cronista alucinado, ha creado una nueva historia regional al margen de la oficialidad, de Sernatur y de cualquier estampa postal atiborrada de hipócritas criollismos, urdiendo en su proyecto escritural los despojos de un Magallanes asolado por la decepción y la desmemoria, convirtiéndose en la voz de los apátridas y los desterrados, pero también de los indios exterminados, de los guachos que no se acuerdan de nada, de los pobladores de las tomas, de los chicos que se matan inhalando pegamento en cualquier sitio eriazo.

En ese sentido, los derroteros que propone Formoso en sus libros más logrados “Puerto de hambre”, “El Cementero más Hermoso de Chile” y el reciente “bellezamericana” comunican o intentan comunicar el sentido de aquello que acostumbro a llamar “magallanidad”, y que no es más que una manifestación de insularidad y soledad que nos define y confronta con un paisaje cargado hasta el éxtasis de tremendismo, afanado en recordarnos día a día lo latente de nuestra pequeñez y finitud, como si de una simple anécdota que se borrará con la primera brisa del amanecer se tratara toda empresa humana. Algo de eso hay, al menos hasta donde alcanzo a ver, en la poesía de Formoso: un afán por hacer de la gran historia una historia personal, por hacerse de los sinos de la infamia universal y nacional hasta descifrar un poco sus códigos, ferocidades y barbaries, para hallar por fin en todo ello la cuota de amor y virtud que nos hace seguir aquí, en una pugna que es cruel, pero también bella y por sobretodo, necesaria.

Me gustaría creer que en la inclusión de Christian en Poemas de Chile está implícita la poesía magallánica toda, y creo oír en su voz la voz de Rolando Cárdenas, de Marino Muñoz Lagos, de Astrid Fugellie, de Niki Kuscevic o de Hugo Vera Miranda, y si se disculpa la osadía, acaso la mía misma haciendo eco de un tiempo, de una historia y una geografía que nos hace uno en este trópico del frío, que pese el rigor de la distancia y la desidia, también es Chile.

El filosofo Teodoro Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz  y el holocausto era un acto de barbarie. Pero la historia ha dejado de manifiesto que la experiencia poética es la experiencia de la tenacidad. Porque hoy en Chile también proliferan día tras día pequeños y gigantescos Auschwitz, pero seguimos aquí. Y seguimos porque es en la poesía donde aún reside, y pese a todos los embates de una época rica en crueldad y escepticismo, el deseo de un tiempo y un mundo mejor. Y porque el poema llamado Chile todavía es -a pesar de todo- un poema de amor.



Presentación del libro "Poemas de Chile" en Punta Arenas


Con una tertulia literaria que se realizará en la biblioteca pública municipal N°114 (Cancha Rayada 346), este domingo 15 de febrero a las 17.30 hrs., se presentará el libro "Poemas de Chile", primer título publicado por Ediciones Biblioteca Nacional.

La actividad es organizada a nivel local por la Coordinación Regional de Bibliotecas Públicas y la tradicional unidad bibliotecaria del sector 18 de septiembre, y considera la realización de una lectura poética con textos tomados del libro, a cargo de los escritores Julio Carrasco y Miguel Eduardo Bórquez, de la cual se invitará a participar al público presente en la actividad. Cabe hacer notar que en la oportunidad, se entregará un ejemplar del libro a cada uno de los asistentes a la tertulia.

Sobre Poemas de Chile

“Poemas de Chile” es una antología 85 poetas vivos, los que regalaron un poema con su correspondiente manuscrito. La edición consta de 8.000 ejemplares que serán repartidos gratuitamente en establecimientos educacionales, centros culturales y comunitarios, embajadas de Chile en el extranjero, bibliotecas públicas, privadas y personales, como una forma de acceder a nuestra poesía actual. Entre los antologados figura el poeta magallánico Christian Formoso.

La selección de los textos estuvo a cargo los poetas: Floridor Pérez, Thomas Harris y Cristóbal Joannon (todos miembros del comité editorial de Ediciones Biblioteca Nacional).

(la noticia publicada aquí)


afiche promocional de la actividad

Aspectos de la presentación

Aspectos de la presentación


Fotografías después del viaje: algunas ideas a propósito de “bellezamericana”, de Christian Formoso


Texto original de presentación para bellezamericana, publicado en letras.s5

Christian Formoso. "bellezamericana". Editorial Cuarto Propio. 2014

Nació y fue hombre, dijo, sin saber si aquella sentencia telegrafiada con premura era un alivio o una carga. Nació y fue hombre, como han escuchado tantas madres de esta tierra, aún dolientes por las faenas de parto, sin marido al cual confiarle la buena nueva, aferrarse en silencio de sus manos o posar con satisfacción frente a la cámara con los atuendos verde agua del quirófano, aún salpicados por la única sangre que mana de la ternura y la inocencia.

Chile es la patria de las incertidumbres, una especie de matriz insular difusa e inconexa desde cuyo núcleo se suceden experiencias vitales tan patéticas como insólitas, que sólo pueden entenderse desde sus más provincianas entrañas, pues es allí, en lo remoto de su geografía humana, donde toma forma la infamia histórica que llamamos arraigo y pertenencia. Desde ese sitio, la condición de guacho constituye una piedra angular para el ser chileno (sea lo esto signifique) y una espina, una especie de arponazo en la espalda –como la escritura misma- que se hunde más y más cada vez que la precariedad de la condición humana impide transfigurar esa bastardía en una nueva dignidad.

Si guacho es O´Higgins, padre de la patria, ¿por qué no podría serlo también cristian savedra, el común y corriente protagonista lírico de bellezamericana? Después de todo -y usurpando de Lihn su noción de nacionalidad bipartita- hay sólo dos países en este país: el de los legítimos y el de los guachos. O al menos eso pensé ayer, cuando tal como aquel tipo evocado desde el times square viajé de Natales a Puntarenas, sólo que con 44 años de desfase, pero con imágenes muy similares en la cabeza: la vastedad de los coironales cubiertos por el hielo, un cielo barroco que se estrella abrupto contra la nada, restos de bosques devorados por fuegos pretéritos, un par de señaléticas calavéricas advirtiendo la proximidad de un campo minado, y al mismo tiempo, la nimiedad del desplazamiento en aquella instantánea inquebrantable y telúrica, cuadros todos que conforman la raíz del imaginario austral que es también el imaginario latente en bellezamericana, que es en lo medular terrible, solitario y de una vastedad feroz.

Fulano que no se acuerda de nada inspira libro de viajes y recuerdos”, leí en Las Últimas Noticias hace algunos días a propósito de bellezamericana, justo cuando me encontraba redactando estos desvaríos. Como primer impacto, me causó gracia su aparente liviandad, tan distante a las inquisiciones metafísicas y patrañas literarias de difícil valoración que me atormentaban entonces. Sólo días después alcancé a comprender la contundencia de aquel concepto, la idea de fulano y sus connotaciones más inmediatas, su noción de persona indeterminada o inexistente, o en su defecto, de alguien digno de desprecio, hasta el punto de ni siquiera merecer ser llamado por el nombre de su cristiano bautismo. Sólo a partir de ese desprecio puede comprenderse la urgencia por reconstruir la identidad de savedra, el fulano que es todos los NN sin genealogía de esta patria en harapos, emparentando su colosal y vana empresa con los intentos pretéritos de Christian Formoso, magistralmente asimilados en sus libros anteriores (Puerto de Hambre y El cementerio más hermoso de Chile), reconstruyendo la historia del Magallanes-territorio y el Magallanes-individuos a través de epitafios de madres e hijitos muertos, o fotogramas que aúnan la ternura y el patetismo de pequeñas tragedias domésticas que reiteran todos los días todas las vidas, para terminar advirtiendo que aún esperamos un navío que ya zozobró, que a todos nos ha sorprendido la madrugada esperando un e-mail de amor que nunca llegó, que todos vimos la casa del vecino en llamas y su instantánea nos atormentó en noches de insomnio o dolor de muelas. Y al mismo tiempo todos, como savedra, no nos acordamos de más, enfermamos de amnesia para seguir adelante y con ardiente paciencia guardamos esas escenas en lo más hondo del disco duro de nuestra memoria, sólo para fingir después -sin asidero alguno- que todo irá bien, que la llorona de puntarenas se equivoca cuando dice que el hombre es el fracaso.

La arquitectura de bellezamericana es compleja y de difícil acceso, casi incomunicable en lo escueto de una reseña tan breve y dispersa como esta. Puedo proyectar en la lectura de sus textos –y quizá se trate de una analogía efectista asociada a un mero alcance nominal- el mismo extraño disfrute que logro captar del director Sam Mendes en su película Belleza Americana, la escena en que dos jóvenes frikis sentenciados al fracaso se deleitan contemplando en vhs las erráticas trayectorias que una bolsa de nylon traza por los aires, como si su levedad e intrascendencia adquiriera de golpe una significación mayor a su propia existencia, sólo por el hecho del registro y la contemplación. Así savedra o su rastreador, imaginando que un remolino de papel gira suave en la mano de un sujeto mientras piensa cualquier cosa, y un zoom out deja en evidencia lo majestuoso del paisaje de un pequeño villorrio en Pensilvania, con las Torres el Paine nevadas a lo lejos, casi fuera de foco. La idea, si es que se entiende, tiene que ver con una historia cuyo sentido primigenio de arraigo no reside en un país ni en una época ni en un individuo, sino más bien en los sinos de savedra, del poetucho provinciano o el guacho NN en una voz que suena con igual recelo en Nueva York, Tánger o Natales, comunicando con urgencia y leve espanto los infortunios de una época enferma que es preciso enfrentar la furia que se tenga a mano.

Si he de detenerme en algunas pistas de bellezamericana, lo hago sobre algunas imágenes que iluminaron o ensombrecieron mi lectura, según el prisma con que quiera verse.

  • Los fotogramas de cumpleaños o la pieza oscura, aquellos sutiles trazos de abril –la mayoría de ellos al alero de Pinochet- que van delineando escenas de cierto criollismo urbano austral: desenterrar gusanos para dar de comer a las gallinas, ver las noticias de Chile por primera vez en directo, los juegos de piel con la prima en el patio; todos ellos pequeños halos de vergüenza que entrecruzan lo libidinoso con la inocencia provinciana; la perversión en ciernes que instalará sus nidos por todo el orbe, hasta hacerse una carga que nadie podrá tolerar.
  • El blanco azul y rojo del emblema patrio delimitando simétrico el camino de un culo anónimo que terminará, como tantos, apilado en una fosa común sin más historia que algún versículo universal de iluso y cristiano consuelo. O los fotogramas de puntarenas en estado de sitio como una cinta distópica post apocalíptica: barricadas, atropellos, estado de sitio, todo ello arropando lo efímero de una gesta repleta de sutiles tragedias, con back in black sonando en las radios locales, de vez en cuando interrumpiendo la voz de Ferrer y su Canto a Magallanes, colofón preciso para la última épica de la acracia patagónica.
  • El zorzal abatido de un certero hondazo. La potencia con que las primeras imágenes de crueldad del mundo se nos incrustan en el cerebro como esquirlas para no abandonarnos más, conteniendo en su leve rumor el ADN todo de nuestro tánatos futuro. La violencia del mundo, inabarcable e indescifrable en su multiplicidad de matices, concentrada por un segundo único e irrepetible en el pecho herido de un ave insignificante como hay miles, y desde esa mancha la vida toda en gris: la lucha de clases, el terrorismo de estado, la auto-inmolación con dinamita en un cuartel policial; todas piezas de un mismo engranaje descompuesto llamado Chile.
  • Las imágenes de cotidianeidad que adquieren un matiz transmutador a través de la experiencia poética: el perro de nuestra infancia muerto y arrojado a la basura con premura, las primeras visuales citadinas y el paisaje gris del austro. La misma imagen de portada, aquel retrato temprano del autor resquebrajado como si un certero piedrazo hubiera atinado con su rostro angélico en una vida imposible y remota, cuando la poesía no era más que una amalgama de papel bond repleta de símbolos indescifrables y mezquinos rituales.
Siempre he creído que Christian Formoso significa para la poesía magallánica un punto de inflexión cuyos alcances son todavía difíciles de cuantificar. Si es que aplica el término a lo que quiero decir, su obra es la cúspide para una tradición lírica inaugural post dictatorial, y al mismo tiempo –he ahí su valor y paradoja- piedra angular para una época todavía en ciernes, bajo el solsticio de una dictablanda que ha sabido construir democracia, igualdad y justicia “en la medida de lo posible”. Bajo esos parámetros, el Cementerio más Hermoso de Chile, poemario anterior de Christian, ha refundado no sólo la poética austral, sino también –y esto es todavía más revolucionario- ha reconstruido un sentido de magallanidad que no puede sino conmoverme en su anti-épica grandeza. En ese sentido, los derroteros que propone Formoso en bellezamericana llegan para socavar hasta la náusea nuevas faenas arqueológicas sobre un Magallanes hecho de vísceras y apocrafías de una pluralidad irreversible, hilvanando su propia biografía a la de savedra -que es todos y nadie al mismo tiempo- para comunicar la gran historia a través de una pequeña historia, acaso una insignificancia más dentro de una galaxia de vidas anónimas y prescindibles: la de un guacho incapaz de reconstruir la cronología mínima de su existencia en una búsqueda alucinada, errática y violenta. 

El lugar en la obra de Christian que ayer ocupó la épica voz Sarmiento de Gamboa, Cambiazo o los pobladores de Puerto de Hambre hoy pertenece a este sujeto cuyo apegio al parecer no es ná savedra, uno más como tantos hay en cualquier población SERVIU del austro, cuyo apellido e historia son una forma de decir Chile, porque su negación es la negación de esta triste franja cuyo único mérito es seguir de pie, pese a la imposibilidad de su propia fundación, contraviniendo la infamia de su efigie, condenada a hundir sus quijadas bajo el mar de la desesperanza cualquier día.

“Tanto he sufrido que puedo llamarme mártir”, reza en bronce y a modo de epitafio una frase de Sarmiento de Gamboa en el actual Puerto de Hambre, sitio de interés turístico e histórico emplazado en el sector sur de Punta Arenas. Mismas palabras podría ostentar la tumba de savedra, si es que su destino no hubiera sido, como el de tantos otros, una fosa común repleta de cal, desde donde nadie podrá saber jamás que quienes allí descansan son el verdadero milagro chileno. Pero su memoria es la memoria de Formoso, y el olvido de quienes no se acuerdan de más es la memoria de bellezamericana, su intento por hacer de nuestras pequeñas tristezas y fracasos, una patria. 


Puerto Natales, agosto 2014

Trapalanda: la imagen de portada


Un aspecto relevante en el armado del libro "Trapalanda" y su consideración artística como objeto afín al contenido, fue indiscutiblemente el diseño de su portada y todos los aspectos gráficos relacionados, entre otros, la contraportada y la folletería promocional.

Los elementos utilizados para dicho fin fueron pocos, apostando por una sencillez casi minimalista: un indígena, una máscara antigases, un guanaco y una ruma de cráneos humanos. Una vez definido el concepto, la ejecución corrió por cuenta de Eladio Godoy Vera, quién plasmó dichas imágenes en 2 pinturas realizadas con óleo y acrílico en bloc entelado de 30 x 20 centímetros. Finalmente, se realizó el procesamiento de dicho trabajo en Photoshop, a fin de transformarlo a monocromo y superponer al fondo texturado rojo, seleccionado con anterioridad.

La imagen del indígena fue descubierta en la web Corpus Somnium,y según reza su leyenda explicativa, muestra a un Kon o chamán Selk´nam, cuya misión al interior de la comunidad era orientar a los cazadores y curar enfermedades. Recibían su poder de los espíritus de los "chamanes" muertos, quienes se les aparecían en sueños. La fotografía, por cierto, fue tomada por el padre Alberto María de Agostini hacia 1915 en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Su elección tuvo que ver con el dramatismo de la pose y la profunda carga simbólica de esas manos en señal de rendición.

  La fotografía original del Kon.

El óleo original de Eladio Godoy Vera: el Kon y su máscara antigases
Un primer tratamiento digital de la imagen.


Lanzamiento de Trapalanda


Algunas visuales del lanzamiento de "Trapalanda", el pasado sábado 21 de diciembre en el salón de eventos Cormorán de las Rocas, en Puerto Natales. Presentó el poemario el amigo poeta Niki Kuscevic Ramírez ("Cadáver Lírico", "Estudio de una Imagen" y "Metalengüajes sobre el Fantasma del Faro Evangelistas", entre otras obras) y el número musical estuvo a cargo de Patricio Frías (alías Joey Selknam). 

La presentación.
La intervención del poeta Niki Kuscevic
La música de Patricio Frías
Panorámica del público asistente
Otros ángulos
Una breve lectura de textos.
Reunión de amigos. De izquierda a derecha:
Patricio Frías, Niki Kuscevic, el autor y Eladio Godoy Vera.
Los primeros ejemplares de Trapalanda.



Trapalanda: folletería promocional


Uno de los principales recursos de difusión para el proyecto "Trapalanda" ha sido la distribución de folletería gratuita, específicamente dípticos promocionales diseñados en la misma línea iconográfica de la portada.

la portada del díptico es un fotomontaje sobre un óleo
de motivo étnico original de Eladio Godoy Vera.

En el interior se incluyó una imagen de data inexacta, extraída
desde los anales del Museo de Historia Natural de Bruselas.

Finalmente, se incorporaron algunos datos duros de la
publicación, y también una miniatura del motivo principal
del libro



Trapalanda: coordenadas de lanzamiento



Sábado 21 de diciembre. Salón de eventos Cormorán de las Rocas,
Puerto Natales. Entrada liberada.



Algunos apuntes preliminares sobre Trapalanda


De todas las narraciones fantásticas que conforman el imaginario austral, siempre he sentido especial fascinación por Trapalanda -la Ciudad de los Césares-, aquella leyenda que habla de una ciudad utópica edificada con oro y plata en algún inaccesible lugar del territorio patagónico, y dónde conviven en total y longeva armonía indígenas (patagones o incas) y conquistadores (probablemente españoles) al margen de toda contingencia, sin atisbos de violencia o enfermedad alguna.

Al hacer memoria, puedo recordar que desde mi adolescencia no han cambiado los motivos de tal fascinación. En primer lugar, su parangón con leyendas de otras latitudes (El Dorado y Paititi en los alrededores de la Amazonía, y aún más lejos, Cíbola, Lemuria o incluso la Atlántida), lo que acaba configurando un tópico universal –el de la ciudad soñada- que aún hoy dista de ser simplemente una anacronía. Y en segundo lugar, su rol como contraparte de la historia oficial, su imagen ideal contrapuesta a la barbarie conquistadora. En palabras de Alfredo Joselyn-Holt, Trapalanda es “una pauta ideal de lo que sería la felicidad”, en cuanto proyecta alegóricamente un encuentro diferente entre dos civilizaciones –el Primer Mundo de los conquistadores y el Nuevo Mundo de los pueblos precolombinos-, la reescritura en clave de las ferocidades históricas que hicieron que aún bien entrado el Siglo XX se pagara una libra por cabeza de indio, una ucronía altamente esperanzadora de la cual es loable asirse, incluso hoy.

Sin embargo, lo que más me atrae de Trapalanda (que etimológicamente hablando significa “tierra de las trampas”) es la manera en que confluyen en su raíz nebulosas repletas de ambigüedad y mecanismos que la instalan en un limbo donde realidad histórica y ficción ancestral se retuercen y amalgaman hasta crear un imaginario híbrido, un correlato imposible desde el punto de vista de la rigurosidad y empirismo propios del Siglo XXI, mas igualmente inabarcable desde una perspectiva exclusivamente mitológica. Es Trapalanda -en su más visceral estructura-, una delirante fantasía, y a la vez, una indiscutible realidad, marcada a fuego en los anales de Fuego Patagonia desde centenarios tiempos. Y es que se contaron por cientos los idealistas que perecieron buscando la ciudad, convirtiéndose en mártires de una quimera tan cierta como etérea, y se inventariaron por miles los documentos oficiales -de antigua y más reciente data- explicando con mayor o menor detalle las particularidades de la ciudad en cuanto a su ubicación, arquitectura y vida cultural en general. Para muchos historiadores de los siglos XVII y XVIII –entre otros, Diego de Rosales, autor del texto Historia General del Reino de Chile-, es Trapalanda la primera ciudad en fundarse en nuestro país, y a su vez, la primera piedra de una patria en ciernes cuya cronología futura –siempre incierta- procurará las mismas ambigüedades, idénticas dicotomías, maravillas y horrores pugnando su larga geografía. 

Pienso que aún hoy, cuando los misterios del mundo parecen poca cosa y nos pavoneamos de múltiples certezas (todas muy relativas), proliferan con aún más fuerzas los idearios que testifican a través de sus múltiples lecturas, aquel tan humano afán por construir, al menos en la conciencia colectiva, un lugar mejor donde vivir.

Dice Oreste Plath que “según la leyenda, sólo al fin del mundo se hará visible la fantástica ciudad; se desencantará, por lo cual nadie debe tratar de romper (antes) su secreto”. Y de esa trágica sentencia y su destino hablarán –en gran medida- estos poemas.





Trapalanda: últimos borradores


Por estos días terminan -por fin- las correcciones de las maquetas de Trapalanda. Son 300 páginas de desborde, amor y caos. No me reconozco en ellas y eso es bueno. Ideé un anti-épico relato del fracaso y fracasé. Me siento encabronado y aliviado al mismo tiempo. Se revisa. Se imprime. 

la página uno

el lomo tentativo


y en papel amarillo las correcciones


Una cumbre a ras de suelo: sobre la poesía de Miguel Eduardo Bórquez. Por Niki Kuscevic Ramírez

 

Miguel Bórquez (Puerto Natales, 1985), investigador, fotógrafo y poeta, es profesor de Castellano, egresado de la Universidad de Magallanes. Entre sus obras sobresalen ensayos literarios sobre Pablo Neruda y Jorge Teillier, señeros análisis sobre la poesía de Marcela Muñoz Molina (Puerto Natales, 1966) y Hugo Vera Miranda (Puerto Natales, 1951), y el surgimiento de la revista "El Keltehue", publicación de Última Esperanza dedicada al arte, el comic y la cultura. A través de la autoedición, Bórquez ha publicado dos poemarios, "Poesia Soundtrack" (2009) y "Geografía del Milagro" (2011), éste último disponible para descargar en la red. Su libro "Poesía Soundtrack" es notable por dos aspectos que escapan el quehacer escritural propiamente tal: por un lado, la mayoría de los textos de este trabajo fueron subidos a la web por el autor, a la manera de un trabajo progresivo, o "work in progress", por otro lado, finalmente los publica, impresora en mano, a través de una prolija edición de autor, enviando una potente e inequívoca señal a la comunidad literaria de cómo producir y difundir los proyectos personales de escritura de manera individual, sin depender de imprentas o editoriales.



En el año 2006, Bórquez, junto a Carolina González, dan a conocer la investigación denominada "Variación sociolinguística en la región de Magallanes", un estudio sobre los rasgos lingüísticos de los habitantes de Magallanes. La nota de prensa que daba a conocer esta investigación afirmaba en esa oportunidad que: "Con ello (los autores) quieren analizar la identidad como región, pero vista desde la forma en que se expresan los magallánicos. En principio, se concentraron en el uso de dos verbos: "crecer", que se usa como sinónimo de criar, y "caer", que se aplica como una "muletilla" de apoyo para indicar acciones" (1).

Este trabajo captó la atención sobre ambos alumnos de la carrera de pedagogía en castellano y comunicación de la Universidad de Magallanes, debido a lo novedoso de su temario, en el cual se rescatan frases tradicionales de la idiosincrasia magallánica como "Me pasé a caer en la escarcha" o "Me crecí en Punta Arenas". Estos elementos de conciencia patrimonial serán volcados por Bórquez posteriormente tanto en su trabajo poético, su producción fotográfica, su vocación pedagógica y su labor como editor de la revista "El Keltehue".


Poesia Soundtrack, (2009)

Con epígrafes provenientes de apollinaire, la banda chilena mecánica popular, christian formoso, joi division, camila mardones, jack kerouak, y formateado en tracks, este libro consta de 3 "lados" o "tiempos": "Tracks para no espantar la muerte", "Tracks para no hacer el amor" y "Tracks para no cerrar la puerta", siendo Eros el leitmotiv que susurra en cada una de estas pistas. "Poesía Soundtrack" es un libro romántico, que el poeta Miguel Bórquez samplea con ritmos noventeros, monocromáticos, propios del universo austral donde transcurren los días del autor. Los textos son canciones melódicas, himnos en tiempo de pop, que tienen la virtud de traer incorporados melodías mentales adictivas, equilibradas con disonancias: "era pendejo aún/ creía siempre en mamá regresando con jarabes,/ aún no muere lo que soy de tanta soledad" (notrack ocho), quiebres de ritmo: "los bufones/ se revuelcan en las ortigas, cerro abajo./el ovejero mira." (notrack cinco), o el escepticismo ante las posibilidades del lenguaje: "bla/bla/bla/etc/etc/etc" (notrack trece). Desde el PLAY primigenio: "está llena de poetas muertos la playa." hasta el STOP, casi telegráfico, final: "desde aquí no hay trayecto, norte ni memoria.", el libro de Bórquez permite dejarlo tranquilamente en un permanente "REPEAT", sin que sus acordes y riffs se desgasten.


Geografía del Milagro, (2011)

El más reciente trabajo de Bórquez, "Geografía del Milagro", consta de 26 textos que fundamentalmente se hunden en los terrenos de la infancia: "Para seguir viviendo nos quedan los recuerdos,/ para seguir extrañando el olor a Chiloé/ de la quinta cuando es marzo/ y las manos de la abuela desentrañan/ de la tierra hasta su último secreto." (Poema VIII), de ahí extrae el autor los materiales con los que edifica un arte poética sobria, sin aspavientos, ni ruidos, ni efectos especiales, lo cual es otra constante que puede apreciarse tanto en su obra poética y fotográfica. El lenguaje cuestiona la escritura, develando las obsesiones del poeta ante la urbe, la muerte, la política, la religión: "Yo que voy y vuelvo de este infierno con sabor a pétalo/ y me ato al cuello la suerte de los demás./ Yo no soy otro." (Poema XII), siendo la poesía una suerte de religión, un milagro, contestando de esta manera la famosa sentencia de Rimbaud cuando anuncia que "jé est un autre".

Es interesante observar aquí, cómo van afirmándose algunas constantes dentro de la escritura de Miguel Eduardo Bórquez, como por ejemplo el recurrente mes de mayo, la nieve, y el vuelo del mítico queltehue (vanellus chilensis) que siempre asoma en su poética, perfilando su propuesta estética y ensanchando las claves para entender su poesía. Desde otro prisma, "Geografía del Milagro" nombra la nieve, la revisa y la cita, dialogando con el poeta Rolando Cárdenas y su poema "Regreso": "Para seguir viviendo nos quedan los recuerdos,/ para seguir pensando, por ejemplo,/en la primera luna llena de cada primavera,/ o en el ruido de la nieve/ cuando los zorzales se disponen a volar", ("Geografía del Milagro", poema VIII) (2), en oposición a lo que ocurre en "Poesía Soundtrack", donde esta sustancia, casi metafísica para el hombre austral, prácticamente no se nombra, pero sin embargo se hace omnisciente. Otra particularidad que se advierte entre ambos trabajos líricos es la presencia de la tecnología, tan protagónica en "Poesía Soundtrack" pero tan ajena en "Geografía del Milagro".

Miguel Eduardo Bórquez, "el muchacho que temía a la lluvia", (3), prestigia hoy, la literatura natalina en particular, y del Finis Terrae en general, integrando la arcadia poética de Última Esperanza, junto a autores imprescindibles como Pedro Paredes Leiva, Claudia Aguilar Pérez, Jorge Díaz Bustamante, Marcela Muñoz Molina y Hugo Vera Miranda.

Reseña originalmente publicada en la web Inmaculada Decepción


Notas:

(1) La Prensa Austral, 24 junio 2006.

(2) "Regreso", "En el invierno de la provincia", Rolando Cárdenas, 1963.

(3) "Geografía del Milagro", poema XI.


Bibliografía:

Revista "El Keltehue" Nº 3, Puerto Natales Mayo 2011.

Inmaculada Decepción

Poesía Soundtrack, (2009)

Geografía del Milagro, (2011)

La llaga enjaulada de Miguel Bórquez, Oscar Barrientos Bradasic.


“La llaga enjaulada de Miguel Eduardo Bórquez”. Reseña de Óscar Barrientos.

Una familia de indígenas patagónicos observa recostados en medio del coirón un computador como si el precioso amuleto de la modernidad le estuviese comunicando al mito sus más rotundos designios, con la oscura voluntad de suplantarlo o transformarse en un solo gran misterio.

Este podría ser el punto de partida para abordar los textos de Miguel Bórquez, joven autor natalino que nos entrega su Poesía soundtrack. De esta manera, Bórquez también se hace cargo de una tradición magallánica por donde han circulado nombres como los de Rolando Cárdenas, Marino Muñoz Lagos, Astrid Fugellie, Aristóteles España, Juan Pablo Riveros, María Cristina Ursic, Christian Formoso, Jaime Bristilo, Cristian Soto, Niki Kuscevic y específicamente en Puerto Natales Pedro Paredes, Hugo Vera, Claudia Aguilar, entre otros. Caja de resonancia polifónica y heterogénea en la producción poética del fin del mundo.

Por ello, el poeta Bórquez apela a las pistas musicales, a la cristalería secreta que se remueve en las catedrales de la ausencia. Quizás porque entre dientes susurra un canto o porque las imágenes se suceden desde el abordaje fotográfico, el estertor de un verso que cierra su promesa de patentar la realidad como uno más de sus rostros. “Con mamá en el cajero automático esperas tu mesada/ entre botones/ formularios/ extintores y reflejos/ mientras mamá te habla me observas sin querer/ bajo tus lentes de miope hada,/ encantada y malagueña, diría redonda confusión del dante”

Leer Poesía soundtrack es asistir a una tentativa de voluntad textual, siempre en función de una estética minimalista, porque los versos parecen todo el tiempo denunciar que el paradigma de la verdad abarcadora está severamente desprestigiado. Por eso, estos poemas se adentran en el disco duro de la melancolía o de una soledad por momentos fantasmal.

La experiencia del amor, también leída desde la órbita de la inmediatez nos comunica un espacio de niebla y ausencia “lo que aún no habita ya es de ruinas,/ o del terror la magia,/ o del sudor al extrañar la periodicidad del cielo, su llaga enjaulada/ yo amo lo que existe sin contradecir sus huellas,/ lo que se inquieta cuando todos duermen,/ lo que menstrúa sin jamás parir”

De manera especial el dolor existencial es la primera advertencia que el poeta pacta con nosotros, el abismo irremediable, la llaga enjaulada, la ola que rompe, el olvido, los castillos de naipes construidos hermosamente con el simple afán de derribarlos y volverlos a construir.

Afortunada y singular la propuesta de Bórquez desde lo que significa asumir una tradición poética y reformularla bajo el lente de nuevos afluentes, en una mirada no por intimista menos urbana, la resaca de lo vivido como señalaría Vallejo, pero a su vez la constatación de un mundo que se va extinguiendo hasta solo dejar los rastros del crepúsculo.

De ahí que podemos esperar buena poesía de este autor, sumergirnos en la señalética de una ciudad que erige sus ruinas como monumentos al desasosiego, acaso la finalidad última para transitar con la desesperanza en el equipaje y convencernos que cada poema constituye la triste sinfonía de un carnaval pagano o en palabras del poeta “van los carros del carnaval/ van los carros del carnaval oscuros de sin oros, úteros usados/ algunas luces en la mugre, la calle bories/ resplandece en su miseria y los monos rotos fumigan el reclamo:/ no existe testimonio más triste que el ayer”

Siempre curioso y difícil la experiencia del primer libro. Se cruza un umbral de donde rara vez se vuelve y donde no todos pasan la prueba. En este sentido, el trabajo de Bórquez se empodera del viaje del lector y construye su historia personal de la tristeza contemplativa, de los momentos que ingresan a la moviola siempre extraña del recuerdo.