«Chilean Stardust»: Una intensa y maciza aventura literaria. Reseña por Juan Mihovilovich


El poemario del autor chileno Miguel Eduardo Bórquez (Ediciones del País Flotante, 2021) es un texto que se ha atrevido a desmenuzar sin tapujos la propuesta del “ser mujer” hoy en día, desde una perspectiva valiente y desprejuiciada.

Reseña originalmente publicada en la web Cine y Literatura


“Si una mujer quiere ser poeta/ debe dormir cerca de la luna a cara abierta/ 
debe caminar a través de sí misma estudiando el paisaje/ 
no debe escribir sus poemas con sangre menstrual».
Erica Jong, en Los mandamientos

¿Qué expresa Chilean Stardust en este relevante legajo poético? ¿Es de veras ese “polvo de estrellas” que nos hace mirar hacia arriba teniendo presente este abajo? ¿Es una invocación cósmica que se desgarra por dentro de un universo femenino malogrado, desahuciado casi siempre, esperanzado a veces?  ¿O será, además, una excelsa manifestación del sentimiento?

Miguel Bórquez (Puerto Natales, 1985) intenta reconstruir los hilos de una madeja desperdigada por encima de un territorio conocido, pero no por eso menos abyecto y deplorable: el espacio femenino nutrido del dolor de existir domeñado por ese depredador, consciente o no, que instituye el verbo masculino.

Las ideas y las pesadillas van entonces sugiriendo un entramado que no desea quedar a ras del suelo, que no pretende sucumbir ante la delgada línea que sustenta lo real de lo imaginario. El mundo de los hombres es opresivo y castrador. Pero Bórquez no se queda en el “diletantismo” socorrido y reiterado para ganar adeptos(as). Su propuesta excede la palabra fácil, el conformismo útil, el quedar bien porque sí.

Hay en estos versos medio inclasificables un llamado de atención que no se basta a sí mismo. Ese clamor muy bien trazado, que desde adentro reafirma una condición y la eleva a la categoría de ser y de existir por sobre todo:

… /o mis proletarias vertebras como mapas trazando la envergadura del amor/. (pág.  43)

O bien,

…/emular el golpe de la caída en el dolor de la caída y con la cabeza en una bolsa de nylon oprimir lo que queda del día o lo que queda de noche, habitar de vuelta la inocencia para ver peces koi voladores y asfixiar un poco el miedo/… que es más bonito a medida que se agiganta… (pág. 45)

 
Existe luego, un hábil diseño de contrastes: lo terrenal es un espacio sufrido que apunta a lo estelar. Sus coordenadas son subsumidas en una geografía femenina que se yergue desde el espanto. No hay sitios donde el dolor del parto sea pasajero. Su anhelo está circunscrito a ese vuelo sofocado y asfixiante que procura impedirlo a menudo. Pero es apenas una batalla. Y que, con todo, o a pesar del todo, sobrevive…y gana:

…/corazón a corazón como una tumba abierta al amor aquí narrado o como una supernova rezagando hacia adentro las cólicas estrías de su hundimiento. Naciste par inmolarte o para combustionar espontáneamente, y de durar duraste demasiado…aún otros abrasaran su rabia a la aciaga quimera que en el fondo es no morir…/ (pág. 55)

 
En este diálogo convocante —porque esta es una poesía narrada que invita— los textos se desparraman como una alegoría que nos incita a estar atentos. Hay versos, es cierto. Y hay prosa poética que se despliega como un manto sutil y envolvente, una especie de remolino que juega con las imágenes visuales al modo de flashbacks que remueven certeras la masculina huida de conciencia:

…/cuando papá la molía entera ella me llamaba —flema verdosa, querida avidez— y buscaba yo en el suelo del baño sus dientes para servir desde allí la hinchazón de su matriz…/ (pág. 71)


Si Miguel Eduardo Bórquez quiso o procuró zambullirse en el corazón femenino desprovisto de salvataje, lo ha conseguido con creces. Y lo ha hecho a sabiendas del riesgo de asumir su propia autobiografía, las eventuales relaciones de pareja descritas entre líneas, la información ampliada en sus límites estrechos desde un entorno femenino más real que presumido.

En suma, se ha atrevido a desmenuzar sin tapujos la propuesta del “ser mujer” hoy en día desde una perspectiva desprejuiciada y valiente.

Un mérito innegable —entre muchos otros— para adentrarnos en esta intensa y maciza aventura literaria.


***

Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) es un importante autor chileno de la generación literaria de los 80, nacido en la zona austral de Magallanes. Entre sus obras destacan las novelas Útero (Zuramerica, 2020), Yo mi hermano (Lom, 2015), Grados de referencia (Lom, 2011) y El contagio de la locura (Lom, 2006, y semifinalista del prestigioso Premio Herralde en España, el año anterior). De profesión abogado, se desempeña también como juez de la República en la localidad de Puerto Cisnes, en la Región de Aysén. Asimismo, es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua y redactor estable del Diario Cine y Literatura.


Miguel Eduardo Bórquez (Puerto Natales, 1985) es escritor y profesor de lenguaje y comunicación. Ha publicado los libros de poesía Chilean Stardust (2021) y Trapalanda (2013), y figura en las antologías Lluvia de poesía sobre Milán (Colectivo Casa Grande, 2018) y Felices escrituras (Editorial Casa de Barro, 2019).


 

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